Gamboa, directora ejecutiva de
Grameen Chiapas, se reune con un grupo de clientes en
Zinacantán.
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NOTICIAS
Una revolución silenciosa en Chiapas
Grupos de mujeres indígenas utilizan créditos para producir artesanías y
ganarse respeto por vez primera
Por Roger Hamilton /BID/Patagonia Ciber Fem
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| Desafío en cartón
piedra: el fervor revolucionario aún corre en las venas de algunas
chiapanecas. |
CHIAPAS, MÉXICO — El espíritu revolucionario sigue en
ebullición en Chiapas, el estado más sureño de México. Está visible en los
eslóganes pintados con aerosol en las paredes y es parte de las peroratas
pronunciadas en la plaza mayor de la encantadora ciudad de San Cristóbal
de las Casas. En las calles, puestos de libros ofrecen obras sobre
revolución y justicia social, y los enfrentamientos de las guerrillas con
las tropas del gobierno son un recuerdo reciente.
Ese espíritu revolucionario tiene su raíz en la pobreza
—Chiapas es el estado más pobre de México— y también en las injusticias
acumuladas por una numerosa población indígena durante mucho tiempo
relegada a los márgenes políticos y sociales de la sociedad.
Algunos revolucionarios aparecen en los titulares de la
prensa, otros son apenas visibles. Entre estos últimos hay miles de
mujeres indígenas, tímidas, relegadas a su hogar y sin conocimientos sobre
Marx o sobre cualquier otra cosa. Son parte de los grupos étnicos Tzetzal,
Tzotzil y Tojolabal, muchas no hablan español.
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| Las mujeres siguen
amasando tortillas al estilo tradicional a pesar de su participación
en un programa de créditos que les proporciona nuevas oportunidades
económicas. |
Durante generaciones, estas mujeres han vivido en los
márgenes de una sociedad tradicional, a su vez marginada de la sociedad
nacional. Cuidan de sus hijos, cocinan tortillas en sus fogatas humeantes,
lavan, y fabrican juguetes. Trabajan duro y cargan con enormes
responsabilidades. En sus familias y en sus comunidades mandan los
hombres.
Hoy todo esto está cambiando, al menos en algunos
hogares. En las colinas y en los arrabales de las ciudades del estado de
Chiapas, muchas mujeres han comenzado a disfrutar una independencia y
respeto impensables hace una década.
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María Asunción
Hernández (izqda) la primera prestataria de Grameen, trabaja hoy
como agente de crédito y mano derecha de la directora ejecutiva de
la organización. |
La fuerza que lidera esta revolución silenciosa es una
mujer exuberante y voluble, justo lo opuesto a lo que son estas mujeres.
Su nombre es Maricela Gamboa, directora ejecutiva de una organización que
facilita pequeños préstamos a grupos entre la población más pobre de
Chiapas. Está ansiosa por salir a visitar clientes en la comunidad de
Zinacantán y corre de un lado a otro de su soleada oficina dictando
instrucciones de último momento a sus empleados. Se sienta con impaciencia
a revisar un montón de trámites que se le van entregando para su
firma.
Crédito para estima personal. Está claro que el Grameen
Chiapas es un buen negocio que proporciona créditos a “grupos solidarios”
con un total de 7.000 clientes, 90 por ciento de los cuales son mujeres y
la mayoría indígenas. La cartera de créditos de Grameen asciende a 30
millones de pesos mexicanos. El programa está financiado con la ayuda de
un crédito de 300.000 dólares del Banco Interamericano de Desarrollo que
fue aprobado en 2002, junto a una donación para cooperación técnica de
165.000 dólares que se utilizó para fortalecer los sistemas financiero y
administrativo de Grameen.
Mientras firmaba los documentos, Gamboa explicó el
impacto social y económico de Grameen entre el sector más pobre de
chiapanecas.
En Chiapas, como en muchas otras sociedades tradicionales
del planeta, los hombres toman las decisiones, manejan el dinero, y
esperan que sus mujeres cumplan con sus obligaciones en silencio y con
obediencia. Pero ahora, como parte de los “grupos solidarios” las mujeres
han ampliado sus horizontes. Ellas planifican cuánto dinero pedir prestado
a Grameen, cómo repartirlo entre sus socias, y cómo lo van a devolver. “Se
sienten como banqueras, y son banqueras”, dijo Gamboa. “Los maridos se
muestran más respetuosos con ellas. Las mujeres ocupan ahora un nuevo
lugar en la familia”, aseguró. “Ya no son las sirvientas que cocinan y
limpian, son socias que también toman decisiones”.
Un cambio trae otro. La mayoría de las mujeres son
analfabetas, pero desde un principio Gamboa decidió que estas mujeres no
firmarían los documentos de crédito con su huella. Como mínimo tenían que
aprender a escribir sus iniciales al pie de la página. Y lo hacen, con
pulso inseguro pero con orgullo.
“Consideramos el crédito como una manera de alcanzar
metas sociales mucho más amplias”, dijo Gamboa. “El crédito es el camino a
la autoestima”. Hizo entonces una confesión personal: Grameen le ayudó
también a ella a romper el estereotipo de género. Aunque aparenta, habla y
actúa como la mujer moderna que es, su marido supuso en un principio que
ella asumiría su papel tradicional. Se quedó perplejo cuando Gamboa le
anunció que iba a aceptar un trabajo que incluiría la supervisión de un
amplio equipo de colaboradores, algunos de ellos varones. Ahora ya se ha
acostumbrado a su nueva personalidad, comenta Gamboa.
Camino a Zinacantán. Al atravesar la cima de una colina
poblada de pinos se divisa un valle con casas de adobe y tejados de zinc.
El pueblo de Zinacantán tiene el aire honesto de un lugar donde la gente
es pobre pero trabaja para sobrevivir. Es una comunidad en las que
típicamente trabaja Grameen, donde muchos residentes ganan menos del
salario mínimo de 5 dólares diarios.
En medio de este paisaje monótono se encontraba un
edificio bajo con una patio lleno de tejidos estampados de vivos colores
rojo, azul, naranja y amarillo. Un grupo de mujeres, ataviadas con los
vestidos tradicionales profusamente bordados, se encontraban sentadas en
el perímetro del patio.
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| Elena Aurora López
y su marido ahora toman juntos las decisiones sobre gastos y
administración del hogar. |
Las mujeres formaban parte del Centro 97, uno de los
grupos solidarios de Grameen. Su líder es Elena Aurora López
Perez, que lleva seis años trabajando con el programa. La mayoría de los
créditos que reciben las mujeres son mínimos, del orden de 1.000 a 8.000
pesos mexicanos (96 a 770 dólares). Ellas utilizan el dinero para comprar
materiales con los que producir sus artesanías, en este caso hilo con el
que tejer y bordar textiles.
López relató su experiencia personal como evidencia de
los cambios que Grameen está introduciendo. Su marido, como todos los
hombres de la ciudad, cultiva maíz y frijol, como lo hicieron sus
antepasados durante muchas generaciones. Sin embargo López está haciendo
algo nuevo que incrementó el respeto que le muestra su esposo y le hizo
casi conseguir la igualdad.
“En general, es el hombre quien toma las decisiones”,
admitió. “Pero de alguna manera esto está cambiando, porque ahora somos
iguales”. Juntos deciden cómo venderán los productos que ella fabrica y
ambos administran los ingresos. Pero López admitió que no todas las
mujeres de su grupo han logrado liberarse a ese nivel. “Varía”, dijo.
La
incógnita del mercado. Pero, mientras su posición personal y su
producción textil mejoran, la venta de sus productos y los de las otras
compañeras de equipo no ha prosperado.
Un hecho que no es sorprendente. Las ventas son el enigma
casi universal de todos los productores de artesanía. Con niveles mínimos
de educación y viviendo en los márgenes de la sociedad, aislados de las
redes comerciales y de comunicación, los artesanos hacen lo que saben:
objetos maravillosos. Pero lo que a menudo no saben —venderse— lo dejan en
manos del intermediario.
Las mujeres de Zinacantán pueden tejer una pieza al día,
pero invierten muchos más en bordarla. Entretanto, cocinan, atienden la
casa y se ocupan de sus hijos. Cuando la pieza está terminada, el artesano
la vende al intermediario, el cual paga a la mujer 120 pesos y la vende a
un turista por 200 o 250. De los 120 pesos que recibe la trabajadora, 80
se invierten en materiales. (En comparación, un hombre que trabaja en la
agricultura puede ganar sobre 350 pesos semanales).
Está claro que no es un método para hacerse rico, incluso
en épocas favorables, que no son frecuentes.
“Las ventas han sido realmente flojas este año”, dijo
López. Los turistas que visitan Zincantán suelen pasar de largo por el
mercado donde las mujeres venden sus productos. Los guías los conducen
directamente a unas cuantas residencias privadas donde obtienen comisiones
sustanciosas sobre las ventas.
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| El mercado de
artesanos de San Cristóbal de las Casas atrae al turismo extranjero
pero, con frecuencia, margina a los artesanos que buscan un espacio
para vender sus productos. |
Otro lugar de venta podría ser el gran mercado de
artesanía de San Cristóbal de las Casas, un espectáculo de color de varias
acres de extensión en una colina arbolada junto a la iglesia de Santo
Domingo. Pero para poder participar, una mujer debe costearse el viaje en
autobús y luego, si quiere un lugar donde vender su mercancía, negociar
con los coyotes que adjudican los espacios a cambio de 20 o 30
pesos diarios. Están también los otros proveedores de “servicios”, cada
cual esperando sus pagos, hasta los mismos basureros que exigen un par de
pesos diarios. Es un lugar donde los fuertes se aprovechan de los débiles,
y las mujeres que se aventuran allí tienen que manejarse con “gente muy
abusiva”, según López.
Mientras López hablaba, Gamboa escuchaba con interés.
“Esta pobre gente trabaja duro, en los campos y en el hogar”, comentó.
“Las autoridades prometen ayuda pero al fin se olvidan de ellos”.
Grameen es muy consciente del problema de
mercadeo, y a partir de 2005 ha empezado a vender en Estados Unidos las
artesanías de sus clientes. Planean también abrir una tienda en
Ciudad de México, si es posible antes de 2007.
Cuando las ventas flojean, las mujeres se enfrentan a dos
problemas: no reciben ingresos por su trabajo y deben seguir pagando sus
créditos a Grameen. En algunos casos, si las ventas son escasas la mujer
debe recurrir a la ayuda de su marido o de otro familiar para pagar su
cuota, pero casi nunca dejan de cumplir con sus obligaciones crediticias.
Es un hecho que, en todo el mundo, los microempresarios se toman sus
responsabilidades crediticias muy en serio. Aunque los programas de
microempresa puedan toparse con infinidad de problemas, los niveles de
mora de los clientes no suelen ser uno de ellos. En el caso de Grameen, la
cartera en mora varía entre el 2 y 5 por ciento del total, pero es
totalmente recuperable. En el peor de los casos, si un miembro de
un grupo solidario muere, Grameen asume su deuda.
A pesar de los problemas, Gamboa señala que la mayoría de
sus clientes llevan años con ellos. Valoran el crédito por las
oportunidades económicas que les ofrece y por los cambios que ha aportado
a su situación personal. “La verdad es que se están beneficiando”, dijo
Gamboa. |