Uno viene del campo con la autoestima muy baja
y a veces se conforma con migajas  |
Especial BBCMundo: Trabajadoras del Hogar
Patagonia Ciber Fem
Silvia Janet Oyanadel tiene 35 años y es de un
pueblito del norte de Chile que se llama Artificio y es tan pequeño que ni
siquiera aparece en los mapas.
Como muchas otras mujeres llegó a Santiago con la
intención de estudiar. No ha podido hacerlo; lleva 14 años trabajando como
empleada doméstica.
Cuando era niña soñaba con ser abogada, después quise ser
asistente social y ahora último, entrenadora de fútbol. También me encanta
la Psicología, la Pedagogía y la Educación Diferencial. Pero trabajar y
estudiar al mismo tiempo es muy difícil, porque acá en Chile uno se tiene
que entregar a la familia.
Al principio estuve tres años con una familia que me fue
a buscar al norte para que trabajara con ellos. No eran muy buenas
condiciones, porque ni siquiera me hicieron contrato. Yo creo que duré ese
tiempo porque uno como que confunde las cosas: lo laboral con lo afectivo.
Así que yo me conformaba con poquito, porque uno viene del campo con la
autoestima muy baja y a veces se conforma con migajas.
Si me saludaban en mi cumpleaños, eso ya era importante
para mí porque me hacían sentir persona. Estaba bastante sola.
Pero era un exceso de trabajo horrible: a veces terminaba
de planchar a las 12 de la noche y me iba a mi pieza y dormía como cinco o
seis horas. Era explotación por explotación, pero yo no me daba cuenta.
Tenía mucho temor a enfrentar a mis jefes, como que me sentía inferior.
Además, los empleadores saben cómo manejarla a uno y eso es lo peor de
todo.
No sé cómo empecé a tener conciencia. Creo que fue un
proceso que comenzó con una pelea bien grave que tuve con la señora, que
me dijo que todo lo que yo hacía en esa casa ella me lo pagaba. Y me
pareció demasiado injusto porque era una miseria de salario. Ahí fue
cuando dije 'no más'.
Una en cien
Traté de buscar otro tipo de trabajo, pero no me resultó.
Llegué de nuevo a otra agencia de empleo y conocí a una familia con tres
niños. Y ahí estoy.
Al principio tenía los mismos problemas. Yo no sabía cómo
tomar las cosas, no sabía conversar con la señora, no sabía reclamar mis
derechos. Creía que no me tomaban en cuenta, que para ellos era invisible.
Me daba rabia, pero era incapaz de decirlo.
Como muchas nanas, pensaba que el cambio tenía que venir
de parte de los patronos, pero no es así. Nosotras también tenemos que
aprender respetarnos, a subir la autoestima, a educarnos. Formándome me di
cuenta de que si uno hace un muy buen trabajo tiene derecho a reclamar sus
derechos. No porque los jefes tienen dinero son más persona que uno.
Ahora ya llevo varios años con la misma familia y puedo
decir que estoy bastante bien. Todo cambió cuando aprendí a hablar, a
decir lo que me pasaba. Hago las cosas con más alegría y mis empleadores
están tranquilos.
Antes los días lunes eran fatales para mí, pero ahora
llego tranquila, sé que voy donde una familia que me acoge y valora mi
trabajo. Sólo trabajo de lunes a viernes, tengo los feriados libres y un
muy buen sueldo. Pero yo sé que la mía es una situación excepcional, soy
una entre cien nanas. 
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